El amor nos ha movido, desde siempre, a buscar modos para conservar, de alguna manera, aquel vínculo perdido por la muerte.
Nos preocupamos por cómo sucedieron las cosas... si sufrió o no; si estaba acompañado; dónde y cómo murió.
Hubiésemos querido estar, acompañar, tocar, despedir.
Y con cuánta culpa, y con cuánto sufrimiento, nos quedamos si esto no lo pudimos hacer.
También, solemos cargar a nuestros muertos con cadenas, de las que nosotros estamos obligados a liberar, a través de sacrificios y oraciones.
Cuánto sufrimiento por no saber si hicimos, o si hacemos, lo suficiente por ellos.
Ante el misterio de la muerte, necesitamos aceptar nuestra limitación - nuestro "no saber" -. Toda respuesta será siempre insuficiente porque nadie volvió para contarlo... y los que aseguran haberlo hecho, no son más que proyecciones de sus mismos deseos o miedos.
Sólo sabemos nuestro destino final: el Amor de Dios, dónde "somos, nos movemos y existimos"
¿De dónde entonces el sufrimiento por nuestros difuntos?
Acaso, ¿no creemos que Dios es bueno? que así cómo al sol no le podemos decir que ilumine... a Dios no podemos decirle que sea misericordioso... porque hace lo que es.
Traigamos a la memoria aquel pasaje de la vida de Jesús, dónde sale al paso de la viuda de Naín que, ya había decidido irse a morir con su hijo que llevaba a enterrar.
Su hijo era lo único que la ataba a la vida, era lo que le daba sentido a su vida... y ahora ya no esta... ¿para qué seguir viviendo?
Y más pesado era aquel cajón, cuando cargaba también, con la interpretación de que todo eso, era un castigo de Dios.
Jesús, que siempre estará del lado de la vida... la invita a dejar ir a la muerte, rompiendo en primer lugar con esas interpretaciones que no dejan vivir.
A romper con esas concepciones de lo que significa la vida, de lo que significa la muerte.
La invita a dejar ir a los muertos, rompiendo con los auto-reproches; soltando los lamentos; dejando de buscar culpables...etc.
Perdonándose, siendo más tierna con ella misma, porque nada en la vida es un castigo de Dios.
La invita, a que sea ella, la que escriba el último capítulo de la vida de aquel que ya no está, desde una mirada distinta, desde esa Presencia que todo lo acompaña; que todo lo sostiene y abraza; que todo lo transforma, dándole un nuevo sentido a las cosas.
Jesús, la invita a recorrer el camino de las lágrimas, que sana las heridas; que libera del apego a lo que ya no está; que vuelve más tierno al corazón cuando este ha sufrido la dureza de la muerte.
Lo más verdadero en nosotros, no es el nacer o el morir, sino, la vida de Dios, de la cuál somos expresión...
"Somos expresión de un Amor que a través nuestro se da a los demás"... esa expresión tiene un tiempo limitado... pero no el Amor del que somos parte.
Y en el Amor no hay temor.
En el Amor sólo hay vida.
Recibe todo desde la vida... todo es expresión de esa vida... aún la última entrega que es la muerte.
"Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor: tanto en la vida como en la muerte, pertenecemos al Señor." Rm 14, 8
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