cfr. Rm 8, 31-34
En el camino de fe -parece decirnos san Pablo- las experiencias de Dios acontecen en medio de situaciones que muchas veces tienen estos mismos registros: tribulación, angustia, hambre, desnudez, noche, oscuridad, duda... riesgo... donde una palabra en lo profundo -en el silencio- nos hace experimentar que Dios está... que nada nos podrá separar jamás del Amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.
Experiencia que sucede cuando los sentidos y el entendimiento parecen estar a oscuras... experiencia que vivimos cuando las fuerzas fallan... cuando lo que esperábamos no se da... cuando ya nada puede salir de nosotros.
Y acontece un cambio - una transformación - de nuestra manera de mirar lo que estábamos viviendo... cambio que vino de la mano de la experiencia de sabernos amados - de sabernos entendidos y sostenidos - de haber soltado el enojo de que las cosas no fueron como nosotros esperábamos... y conectados con lo más genuino que llevamos dentro, somos convocados a volver a ponernos de camino... una vez más.
Y SE RECOBRA LA ESPERANZA.
Y LAS GANAS DE SERVIR Y DAR VIDA.
Tal vez desde aquí podemos comprender la experiencia vivida por los discípulos en la montaña del Tabor a los "seis días" de aquel anuncio de Jesús que provoco seguramente desconcierto, miedo, abatimiento... experiencia humana de "cansancio" que nada tiene que ver con lo físico.
Es difícil pensar a Jesús haciendo algo espectacular para ahorrarles dolor y frustración a los discípulos -experiencias humanas que nos ayudan a crecer y nos despojan de expectativas irreales-.
Cómo muchas de nuestras propias experiencias que necesitan del "es como si..." para ser narradas; así también el relato del evangelio toma de muchos símbolos del AT para poner en palabras aquella experiencia que nublo la confianza de los discípulos donde la sola escucha a la Palabra -"y salió de ella una voz... miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos."- no sólo les revelaría quién es Dios sino también por donde caminar -cómo mirar la vida- para encontrarlo.
Mientras la Luz muestra a Jesús acontece un diálogo con Moisés y Elías -sobre la partida que acontecerá en Jerusalén, nos dirá otro evangelio-.
Y Pedro "no sabía que decir, porque estaban llenos de temor"... no entiende lo que pasa... no escucha la parte que supone entrega y muerte... ese rostro humillado y golpeado no lo reconoce, le da miedo, no entra dentro de sus esperanzas, esa no es la idea que tiene del Mesías... y quedándose con lo lindo del momento - sin pensar en él- pide hacer tres carpas.
PERO SÍ SABER LO QUE DICE EL MAESTRO.
Pedro, Santiago y Juan son conducidos al interior de la nube...nube de la incertidumbre que rompe toda imagen falsa de Dios y toda seguridad... nube que desconcierta e incomoda mostrando que el camino no pasará por el ganar o el poseer o el conservar... sino por el riesgo a perder... a derrochar... a entregar.
BASTA CON MIRAR A JESÚS.
Sus sentidos -como los nuestros - no están acostumbrados a ese lenguaje ni a esos registros... Todo eso tiene sabor a pérdida... a castigo... al no haber hecho bien las cosas.
Pero es justamente en ese camino de muerte - de entrega y de amor sin límites - donde el Padre dice: "ESTE ES MÍ HIJO MUY QUERIDO, ESCÚCHENLO."
Escúchenlo en sus búsquedas que lo llevan a los últimos... a los perdidos... a los excluidos...
Escúchenlo en su mirada que lo lleva a no condenar a nadie... a creer en la bondad que habita en todos.
Escúchenlo en su manera de estar entre la gente... al servicio y abajo... aun cuando sea incomprendido y rechazado.
Escúchenlo en su modo de amar y perdonar aún a aquellos que le pegan.
Escúchenlo en su camino de entrega... allí su libertad.
"EN ÉL ME RECONOZCO -EN SUS GESTOS Y PALABRAS -
ES MI HIJO...
EN ÉL ME CONOCEN A MÍ."
El monte del Tabor revela las claves para entender un poco nuestro propio camino de TRANSFORMACIÓN; que no se realiza de manera espectacular... o tirando fuera lo que para nosotros no sirve... o percibiendo "todo bien" en nuestra vida... sino que se va haciendo con el material que es la vida misma.
Cuánta compasión y cuánta ternura brota cuando nos ponemos en contacto con lo más genuino que llevamos dentro... con esa palabra que dentro de nosotros nos dice quiénes somos:
SOMOS HIJOS PORQUE ESCUCHAMOS.
Escuchamos cuando nos dejamos llevar por la compasión y la entrega... aun cuando somos incomprendidos o sentimos rechazo... corriendo el riesgo de perder.
Escuchamos cuando le permitimos a la fatiga, al cansancio, al miedo, a la oscuridad, a la duda que quiebre nuestros esquemas de creencias -nuestra seguridad y comodidad- y nos ponga en camino a Jerusalén, lugar de más entrega y de más vida.
El mayor obstáculo a dejarnos transformar viene de nosotros mismos... de nuestras interpretaciones de lo que vivimos... de nuestros sutiles esquemas, rígidos y viejos, donde Dios parece que nada puede hacer.
RECORDEMOS QUE EL LUGAR DE NUESTRA MAYOR HERIDA
Permanezcamos entonces a la ESCUCHA... como podamos... a veces con miedo como los discípulos... al final "SÓLO JESÚS" SEA NUESTRO CAMINO...































