Qué difícil imaginar que después de anuncios y Ángeles haya que volver a la oscuridad del camino, expuestos al miedo y al desamparo.
Así nos presenta hoy a la familia de Nazaret este relato teológico.
¿Dónde estaba todo cuánto le habían prometido?
¿Así se hacía presente la “salvación para todo el pueblo”?
Nos haría mucho bien reconocer y aceptar que nuestro camino de la vida dónde acontece esa transformación personal de ser más humanos – más Jesús – es un camino que se da en la oscuridad y en el desamparo frente a aquellas situaciones que habiendo prometido seguridad al sentirse amenazadas tironean y “parecen perseguirnos” haciéndonos creer que si las soltamos “más mal” nos sentiremos.
Nuestro camino, el de cada día, transcurre en medio de sobresaltos y es allí donde somos invitados a confiar que Dios camina con nosotros… que él mismo se ha hecho uno con nosotros en ese camino.
Nuestro camino, el de cada día, transcurre en medio de sobresaltos y es allí donde somos invitados a confiar que Dios camina con nosotros… que él mismo se ha hecho uno con nosotros en ese camino.
Descubramos también que nosotros, muchas veces, somos nuestros propios perseguidores frente a la percepción personal de no estar a la altura de una determinada situación, o por no conseguir llenar aquello que con tanta ansiedad buscamos satisfacer.
La familia de Nazaret está expuesta a la soledad del camino, a los peligros… a las situaciones imprevistas… a la vida como la vida es; y no hubo ángeles que los salvaran de tener que atravesarlas ni que las cambiaran por otras mejores y más seguras.
Será en el camino de la vida –como la vida es- donde Dios se hace presente en las respuestas más humanas que somos capaces de dar a las situaciones que se nos presentan… no esperando que todo nos sea favorable para responder según Dios.
¿Cuál es nuestra respuesta a la vida cuando está nos presenta imprevistos?
¿Cómo reaccionamos cuando las situaciones nos vuelven a poner en contacto con nuestra impotencia?
También ante aquella familia tan particular se hace necesario volver sobre el concepto de familia que nosotros hemos consagrado.
De tanto llamarla “sagrada” nos hemos olvidado algunos aspectos que de seguro estaban en esta familia por ser parte de un pueblo con ciertas costumbres muy patriarcales, como por ejemplo: arreglar el casamiento independientemente de los afectos, el manejarse más como clan que como grupo familiar como hoy lo entendemos, el lugar de la mujer como sometida al esposo casi como su dueño… etc.
Por eso se hace necesario preguntarnos cómo nos acercamos hoy a la familia y al camino que muchas de ellas han transitado. Que decimos y cómo miramos toda esa realidad familiar atravesada por la ruptura frente a diferencias insuperables haciendo imposible sostener ciertos valores.
Tal vez más que juzgar y condenar y seguir haciendo hincapié en la falla o en lo que falta –haciendo notar que solo algunas situaciones pueden llamarse familia- deberíamos volver la mirada a Jesús donde su mayor preocupación no fue la defensa de las instituciones sino más bien las actitudes que deberíamos tener entre nosotros al momento de relacionarnos.
¿De qué sirve defender los valores de la familia cuándo nuestros modos de relación expresan rigidez, condena y juicio?
¿Qué aportamos en la defensa del valor fundamental de la persona humana cuando queremos someter a los demás a nuestras concepciones a veces cerradas y estrechas?
Podríamos decir que hoy lo que está en crisis no es la familia, sino el modo de relacionarse con las personas… todo lo que suponga esfuerzo y fatiga como el volver a dialogar situaciones no claras… el perdonarse… el volver a encontrarse... todo eso está en crisis.
Vemos relaciones de amistad, de pareja, aun familiares que se sostienen desde la utilidad o para “pasar el momento” o “hasta que lo sintamos” o "mientras me haga sentir bien".
Cuántas personas son descartadas por otras porque sienten que nada le aportan... pensemos en nuestros ancianos al interior de nuestras familias; y cuanto más con aquellos que ningún lazo familiar nos une y además son pobres.
Cuántas personas son descartadas por otras porque sienten que nada le aportan... pensemos en nuestros ancianos al interior de nuestras familias; y cuanto más con aquellos que ningún lazo familiar nos une y además son pobres.
En vez de enojarnos o escandalizarnos o condenar estamos llamados a ser en verdad testigos de que relacionarnos al modo de Jesús vale la pena, porque nos humaniza… nos hace más libres, menos prejuiciosos… más solidarios, menos indiferentes… más humildes, menos omnipotentes… nos hace estar menos a la defensiva y ser más auténticos.
SI LA FAMILIA ESTÁ EN CRISIS ES PORQUE LOS MODOS DE RELACIÓN ESTÁN EN CRISIS.
Porque justamente allí “en medio de una familia” es donde aprendemos a amar – donde aprendemos a relacionarnos descubriendo el valor del otro… el don del otro.
Por eso es en Nazaret donde todos nuestros deseos o expectativas de que las cosas sean de una manera y en un tiempo determinado –tal vez con menos dificultades, con más claridad- chocan con el silencio de lo cotidiano donde nada brilla… donde nada se anticipa… donde todo es “un lento proceso de aprendizaje”.
Allí en el mayor anonadamiento – en el silencio más extremo – “DIOS CON NOSOTROS.
Que nuestra mirada sea capaz de valorar lo cotidiano de la vida… sus entregas cotidianas… sus cansancios… sus silencios… sus luchas… que pueda ser capaz de percibir en eso tan rutinario al Dios que ama… que abraza la vida… aún en medio de nuestros afectos que a veces se presentan torpes.
Y esposos aprendan a escuchar y a decir lo que sienten. Pueden bajarse del pedestal que la omnipotencia pretende ponerlos.
Y esposas no den por supuesto que los demás perciben sus cansancios. Pueden dejar el control y animarse a escucharse un poco más a ustedes mismas dándose tiempos.
Hijos no se enganchen con la primera que les dicen sus padres… sepan escuchar los tonos intermedios de sus reclamos donde hay preocupación e inseguridad. Tengan paciencia en explicarles.
Padres pasen tiempo con sus hijos. Suelten a sus hijos de la aprobación de ustedes. Ayúdenlos a ser libres para que puedan escucharse a sí mismos porque allí está el tesoro de sus vidas.




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